LA MANO IZQUIERDA DE ORULA O EL LADO TRAVESTI DE SHANGO

Por Capitalismo Budista

A Judy Monroy su papa Shango la llama hijo, de hecho a ella le gusta que la trate como a un varón. “Con las mujeres es más suave, conmigo es más basto, más brusco. Eso me encanta”. Pero a Judy no le interesa tomar testosterona ni quitarse los senos, ella disfruta actuando como Antoine Du Toulouse, su personaje drag King “…el hecho de hacer transformismo siendo candomblera me hace sentir orgullosa de mi papa Shango”.

Chanel Callejas tiene 43 años, es santera y devota de la santa muerte. Pero al contrario de Judy, solía tenerle miedo a Shango. “Yo entraba a cuarto de santos de mi madrina y le rezaba a todos y a Shango le hacía con la manito como de hola y chao, le tenía pánico porque yo decía: marica, yo una trans, este man es un macho y que miedo”.

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Estatua alusiva al orisha Shango – imagen tomada del sitio web  http://botanicaeltrebol.ecrater.co.uk/

En la tradición Yoruba, el orisha Shangó es el macho por excelencia, el dios del  rayo y el volcán, pero curiosamente un patakí (historia) cuenta que en alguna ocasión se vistió de mujer por temor a Oggún, otro orisha. Fue por eso que un día en una misa espiritual a Chanel su madrina Victoria le dijo: “Chanda, padre Shango te manda decir que no le tengas miedo”. Entonces le contó la historia de Orula, que narra como él, perseguido por sus enemigos fue arrojado medio muerto a un río, y luego de sujetarse a un tronco fue salvado por un grupo de adodis (homosexuales), quienes lo llevaron a una isla donde lo curaron. En virtud de su agradecimiento, decidió darles su ilde (manilla) para protegerlos de la muerte. “Por eso los homosexuales somos aceptados y por eso existimos tanta comunidad LGBT dentro de la santería, sobre todo transgenero. Porque es una de las religiones donde no se nos discrimina nuestra identidad de género”.

Sus historias no suceden en Río de Janeiro o La Habana. Su piel no las hace descendientes de la diáspora Africana en América. Viven en Bogotá y la mayoría fueron bautizadas con agua en una Iglesia Católica, sin embargo, en algún momento de sus vidas descubrieron que la identidad que se habían construido para sí mismas no tenía cabida en la fe de sus padres. Aun así, hoy se declaran orgullosas hijas de los orishas que veneran fervientemente todos los días, de la misma manera que sus abuelas les rezaban novenas y rosarios a la virgen y los santos.

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Manilla tradicional con la cual se consagra al creyente al orisha Orunmila – Imagen tomada del portal web http://www.tarotperu.com/

TOTOYA

Aunque su tránsito de género comenzó hace 9 años, Jessica Victoria Useche, mejor conocida en el mundo artístico como Totoya, no se imaginó que algún día se haría santera a pesar de que muchos conocidos ya lo eran. “Era algo que siempre me había causado curiosidad por que no era 1, 2 ni 3 las personas de mi ámbito social y familiar que estaban involucradas en ese tipo de prácticas. Había escuchado muchos comentarios de lo que pasaba y lo que no pasaba”. Pero en ese momento ella era respetuosa de su tradición católica, había sido bautizada y confirmada, y eso implicaba compromiso. Y aunque intentó acercarse a la espiritualidad desde el catolicismo, había algo que no encajaba, “yo no quería estar en la parte paria de una iglesia en la cual hay una cantidad de cosas que están consideradas como falta, como pecado, como prohibido, en ese aspecto no me sentía muy cómoda”.

Hace 5 años, Jessica quiso mudarse de apartamento y necesitaba unos documentos que le exigía la empresa de finca raíz, ella no los tenía y la única salida era pagar unas pólizas para las cuales no poseía el dinero. Sus amigos un día la invitaron a una misa espiritual diciéndole, “mientras espera a que la llamen y salgan esos papeles, camine vamos”. Ella no sabía que tenía que ir vestida de blanco porque no era su tradición, y ese día, ese detalle particular permitió que sucediera algo inesperado.

“Hubo un momento muy especial donde hay una invocación a espíritus que ya no tienen un cuerpo material y que hacen uso de otra materia, o sea de un caballo (médium), para hablar y expresar sus mensajes. El espíritu que estaba en ese momento ahí, se llamaba Francisca, pedía la presencia de la niña blanca”. Uno a uno pasaron ante el espíritu, y a todos les decía: no, usted no es. Y Francisca empezó a molestarse, amenazaba con no decir más, no se iría hasta que no apareciera la persona requerida. “Alguien dijo: Que pasen los que faltan a ver qué pasa. Cuando me dijeron a mí, fui como escéptica, no tengo nada que ver en esto, no estoy vestida de blanco entonces pasemos a ver qué pasa”. Y entonces sucedió, el espíritu le dijo a Jessica, “sí, es usted, porque es una persona blanca de corazón, usted es muy inocente, no siente dolores, rencores, tiene mucho amor para dar y eso la ha hecho ser víctima de muchas cosas”.

Jessica describe ese momento como revelador, tenía razones de peso para saber que todo aquello no había sido un montaje, nadie la conocía de esa manera tan profunda, ni siquiera los presentes en aquella misa. Inesperadamente, el espíritu sabía que ella tenía problemas con su casa, le dijo que esos papeles aparecerían, que todo tendría solución. Cosa que efectivamente sucedió días después. Había entrado en lo que se llama espiritismo cruzado cubano. Una mezcla sincrética de teorías espiritistas y diversas prácticas religiosas afrocubanas.

“Encontrar una respuesta inmediata a una situación tangible del mundo humano desde lo espiritual, me pareció algo que te cambia la visión… no me están diciendo ten fe, ten esperanza que… no, aquí me están diciendo tal problema se va a solucionar de tal manera, tiene que hacer tal y tal cosa, y así tal cual lo hice con toda la fe, impuesta por el dogma de la necesidad… yo si sentí el toque especial de ese espíritu que me hablo en ese momento”.

JUDY

Judy Monroy cumplió durante buena parte de su vida con el libreto católico. Ama de casa, casada y con dos hijos. Pero a esa vida no le quedaba mucho tiempo. Un día en Chapinero mientras visitaba un hogar geriátrico para su tía abuela, se encontró con algo que le hizo clic la cabeza, “Sale un hombre cubano vestido de blanco y veo que al fondo de ese hogar geriátrico hay una estatua de Babalu Aye (San Lázaro) con cinco vasos llenos de agua y un polvo blanco. Empiezo a observar al tipo, tiene muchos collares. Y yo ¿esta vaina que es?”.

Con cada visita de Judy, ese clic se convirtió en preguntas insistentes al dueño de aquel lugar. “Le digo: ¿eso de que se trata? Y él no me quiere contar”. Pero un día, al calor de unos rones él finalmente le habla de sus experiencias con la religión afrocubana de la santería, a lo que ella, sin dudarlo un instante responde “yo quiero vivir eso, a mí la católica no me llena”.

¿Qué es todo esto? ¿Por qué me está gustando? Eran las preguntas que se hacía Judy cuando llego a una casa de santero en Prado Veraniego. Un hombre joven con varios niños sentados en una estera comían ponqué sin cubiertos, acto seguido los pequeños se limpiaban las manos en las ropas de aquel hombre para luego comer arroz con pollo. Como lo había hecho en el hogar geriátrico, Judy solo atinó a decirle al padrino, “yo quiero entrar en esto”.

En la ceremonia de iniciación la hicieron vestirse totalmente de blanco, y mataron un pollo sobre su cabeza. La sangre caliente que le escurría volvía a sugerirle la pregunta, “¿en dónde me estoy metiendo?”. Esa incertidumbre pareció profética, porque al poco tiempo el padrino Orlando que la había iniciado fue asesinado en su consultorio con dos tiros de un arma con silenciador por unos supuestos recomendados. Y para colmo, meses después fallecía su mama. “Todo el mundo se pierde como si hubieran echado un pedo de bruja” cuenta Judy, “entonces yo quede volando en la santería”.

Había pasado un año y Judy buscaba volver a la santería luego de separarse de su esposo. Pero la vida ya no le iba tan bien como antes. “Una cadena de cosas y acontecimientos malucos en los que luego de estar con plata ahora me encuentro subiéndome en una buseta por 500 pesos y amando a una vieja”. Entonces Judy conoce a un nuevo padrino, Pedro, al que había contactado por una página web sobre santería. Sin embargo, su relación con la religión yoruba estaba lejos de mejorar. “El tipo no está pendiente de mí, yo siento como un leve rechazo… me atiende pero dice: ojo porque en la santería no aceptamos los homosexuales”, Judy sentía que no encajaba del todo, “hay fiestas pero a mí no me invitan porque yo soy como el moco”. La razón de todo ello tenía un nombre, su ex novia Jazmín. “Voy donde el padrino y el me empieza a decir que los santos están bravos conmigo que porque yo no seguí con mi primer pareja, entonces yo decía ¿cómo hijueputas los santos van a decir que tengo que seguir con alguien que yo no amo? ¿Entonces a mí me está yendo en la inmunda porque no amo a Jazmín? Entonces me da mal genio y no regreso”.

Tiempo antes de terminar con Jazmín, Judy conoció a Juan Manuel, en ese entonces un santero. Habían ido a su casa un par de veces y las había bañado con sal marina, “pero después no volvimos porque al tipo le cayó mal Jazmín”. El hecho es que Judy ya no sentía el ánimo de continuar con la santería, pero pasado el tiempo, un conocido la puso en contacto con un tal Juan Manuel, Judy pregunto, ¿el santero?, “ese no es santero, es candomblero”, le dijeron.

La relación con Jazmín había terminado y ahora Judy salía con Angie. Cuando se volvió a ver con Juan Manuel, él ya se había pasado al candomble. Entonces le conto que a causa de su ex pareja no se había podido dar un vínculo religioso, además, Angie si le simpatizaba.

Finalmente, Judy es invitada a su primera fiesta de orishas, a la cual debía ir vestida de blanco, “empezamos a ir a las fiestas, y yo quedo encantada y perpleja porque no había visto como bajaba un orisha. Si había visto que se había entrado un espíritu al padrino de la santería pero era solo el padrino, y bailaba como loco, pero yo no había visto que cambiara el cuerpo de ese personaje, que oliera a otra cosa… y yo dije: esto es lo mío”. Y no era para menos, al contrario de la santería, según cuenta Judy, en el candomble no existen restricciones para lesbianas y homosexuales. El pai (padrino) era gay, y para alegría de ella, no tenía que usar esa prenda que tanto le incomodaba, la falda.

Cuando pasaron las fiestas, deciden iniciarse en el candomble. A Angie le dicen que es hija del señor Oshala y la señora Obba. Judy termina siendo hija del señor Shango y la señora Yemaya. Pero en esos días no se inmolaban animales sino que comían morcilla por aquello de la sangre; “con la rellena no puedo pero me la embutía”, decía Judy. “Luego hubo un cambio y dijeron que arepa de maíz amarillo y al día de hoy se debe inmolar un pollo”.

Una inmolación para Judy, sería si su fe le quitara el transformismo que tanto ama, como cuando se asustó porque dos hombres que practicaban transformismo siendo candombleros tuvieron que dejarlo por orden de los orishas. Afortunadamente para ella esto no fue así, de lo contrario no luciría orgullosa sus coloridos collares en cada show, donde actúa canciones de hombre. Pero la última de su repertorio siempre es de mujeres. En ese momento se quita la camisa dejando el descubierto sus senos fajados, y luego se retira la barba postiza con la mano. “Me gusta que la gente diga: ¡Uy severo man! ¡Ay jueputa era una vieja!… el candomble me ha dado esa alegría, porque mi papa Shango siendo quien es, me ha dado el honor de sentirme como su hijo así yo no quiera cambiarme de sexo”.

CHANEL

Después de haber ganado más de 20 coronas en reinados transformistas durante 12 años, la última que Chanel se ganó fue reina de reinas, luego comenzó a trabajar como presentadora de reinados. Recibía premios por doquier, vivía en un cuento de hadas. “Estaba en un mundo en que creía que de verdad era la chimba y que era la reina de verdad. Yo llegaba y me creía el cuento de las cámaras, las luces, todo ese mundo que te alimenta el ego y realmente no te aporta nada a la vida”.

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Chanel en su casa portando una de sus coronas. Imagen cortesía de Chanel Callejas.

Pero como si fuera una deuda por pagar, la cuenta de cobro a tanta vanidad tenía que llegar. Era el año 2010 y un diagnóstico médico amenazaba la vida de Chanel. Había heredado la enfermedad de su papa, lupus eritematoso.

El pelo se le caía, su peso bajó hasta los 47 kilos, los médicos estaban a punto de desahuciarla y mientras tanto vivía en una hacienda de su familia en Santander. “Mi mama se gastó una fortuna. Me traían tratamientos de la China, de Noruega, del Japón. Me llevó a cuanto rezandero, mago, brujo, curandero que había aquí en Colombia, Centroamérica… en ningún lado me dieron resultado y que me moría y me moría…”. Su mama se había gastado más 120 millones de pesos en su tratamiento y aun así le pagaba misas y novenarios. Los médicos le habían dicho, “vaya rumbee, parrandee, fume, haga lo que quiera porque con usted no hay nada que hacer”. Se había negado a cualquier visita y mientras tanto escribía en un diario los pormenores más detallados de su funeral.

Un día en Vélez, Santander, su ex pareja John Bernardo lo llamó llorando, le habían diagnosticado cáncer en el dedo gordo de la mano derecha. Una tragedia para un peluquero caleño que ya no podría usar sus manos para trabajar. Pero el día que lo iban a operar, Chanel recibió una llamada, era John. “No, no me operaron, no me quitaron el dedo”, y Chanel con sorpresa pregunto, “¿Cómo así? ¿Qué paso?”. El dedo había cicatrizado, y el examen de patología hecho a la cascarita arrojó que ya no había cáncer. Pero Chanel no podía entender como había sucedido todo aquello.

John Bernardo había conocido en Cali a la madrina Carmen, una mujer santera que manejaba la tradición de la santa muerte mexicana. Se había entregado a ella mediante un pacto de vida. John le insistía a Chanel que viajara a Cali a recibir la santa muerte, pero ella respondía: “no, yo prefiero morirme pero no voy a perder mi norte”. En realidad, aquello le parecía un pacto con el de abajo.

Un día en su departamento en Bogotá, como última opción Chanel decidió hablarle a la muerte, “si usted existe lléveme a las plantas de sus pies”. Minutos después timbro a la puerta una astrologa conocida de Chanel, Yolanda. La hizo entrar y se sentaron a charlar en la sala mientras su mama estaba en la habitación. Como no quería pedirle más dinero a su mama, cuando Yolanda le pregunto ¿Qué quiere?, ella no lo dudo y le pidió los pasajes para ir a Cali, pero su mama estaba atenta a la conversación y rápidamente salió y le dijo, “mijo, yo le doy dos millones de pesos pa’ que se vaya”. Habían pasado 20 minutos desde que Chanel le había hablado a la muerte.

Haciendo un esfuerzo físico enorme, Chanel se decide a viajar a Cali para conocer a la madrina Carmen. En compañía de John llegaron a un segundo piso. “Me abre la puerta una mujer de cabello largo a la cintura, casi que de 50, una cola como de 112 con cadera, un busto como talla 40, instructora de aeróbicos, llena de tatuajes; una construcción femenina bastante rara, con muchas katrinas”.

Hablando con Carmen, Chanel noto que detrás del acento caleño había un dejo cubano, producto de sus viajes a Cuba para recibir orishas y santos. “No se preocupe papito que yo a usted no lo dejo morir así tenga que regalar 6 años de mi vida”, le dijo. “Esta vieja está loca ¿Qué es esto?”, pensó Chanel. Iban a ser las seis de la tarde cuando le abrió una terraza pequeña donde había dos jaulas con pericos australianos y unas ollas de barro llamadas kiyumbas. Chanel se sentó al lado de aquellas kiyumbas, pero inmediatamente Carmen le dijo, “no papito, quítese de ahí porque se lo chupa el muerto”.

Cuando Carmen saco 3 tabacos comenzó el ritual. “Yo la veía que ella hablaba al aire y con una jeringonza así como: no, ni pinga, no voy a dejar que te lo lleves”, intrigada, Chanel le pregunto con quien hablaba, a lo que Carmen respondió, “no, es que aquí está mi suegra que se acaba de morir y está diciendo que yo qué hago leyéndole el tabaco a un finado”.

El rancho en el que vivía Chanel en Santander tiene más de 100 años, una hacienda en la que vivieron sus bisabuelos, caracterizada por sus tres periodos arquitectónicos. Carmen comienza a describir el rancho con exactitud, y el escepticismo de Chanel empieza a resquebrajarse. “Me dice que dentro de la casa hay muchos baúles llenos de ropa de muertos, que yo tenía que quemar todo eso. Me dijo muchas cosas más y dijo: ¡ah!, y usted se va a curar…”.

Esa noche durmió sobre una estera por orden de Carmen, y al otro día se vistió con ropa blanca según recomendación de la madrina para ir a recibir. Una vez en casa de Carmen, se encontró con un palero cubano (un santero que se había rayado en palo en Cuba) quién le haría su kiyumba. Durante la ceremonia Chanel vomitaba, a lo cual le decía la madrina, “la madre lo está limpiando”. Cuando terminó, le entregaron su santa muerte y Carmen le dijo, “mijo, tiene que empezar a rezarle el rosario porque a los muertos se les reza el rosario, yo sé que usted va a venir dentro de poquito bien parado hablando perfecto y sin ningún problema ni vomitando ni desmayándose”.

Al otro día, viendo que ya no vomitaba como antes, comenzó a pensar que se estaba somatizando respecto a su curación, creía que la habían trabajado psicológicamente. Era su lado agnóstico de comunicador social el que la hacía dudar. 3 días más tarde volvió a Bogotá, sintiéndose mejor y decidida a seguir las instrucciones de Carmen.

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Chanel en su casa junto al altar personal donde se ubican sus santos, sus catrinas y las imágenes de la santa muerte. Imagen cortesía de Chanel Callejas.

Una gran llamarada se formó en la hacienda de Santander cuando Chanel quemo más de 6 baúles llenos de ropa vieja que había pertenecido a sus abuelos, tíos y bisabuelos. Su mama se escandalizó pensando, “por favor, sus tíos se van a enloquecer cuando encuentren que les quemaron todo”. Pero eso a Chanel no le importó. Tal y como le había dicho la madrina, junto a su mama y los empleados del rancho recorrió todo el lugar portando su santa muerte haciendo un sahumerio con hojas de laurel y cascaras de ajo. Y claro, rezo el prometido rosario.

Había pasado un mes durante el cual le había rezado todos los días, pero la santa no le hablaba, y Chanel le reprochaba su silencio. Pero una noche en que cayó en letargo, como si fuera un sueño, la vio a los pies de su cama. Una silueta oscura de más de dos metros. Vio una caverna, y una voz le dijo que caminara sin hablar con nadie, de lo contrario corría el riesgo de quedarse allí con los muertos. ¿Pero quienes eran? A pesar de verlos de reojo porque estaban de espaldas, sabía que allí estaban su papa y su hermano junto a sus abuelos y tíos. Algo la hizo girar a mano derecha y allí, sentada entre las piedras vio a la santa muerte fumándose un tabaco. “Ella me dijo: mijo, si se porta bien le doy diez años más de vida, y si se porta muy bien le doy más”. Chanel le pregunto por su mama y la santa respondió, “ella tiene 10 años de vida, pero tiene que cambiar muchas cosas”. Acto seguido le agradeció, dio la vuelta y salió. Esa fue la primera vez que vio a la santa muerte.