RESUCITANDO MUERTOS

(El siguiente texto es una columna de opinión escrita en el año 2013 por una colaboradora de este blog para el sitio web de la revista Cartel Urbano.)

Por Billy Murcia (Artista drag) Twitter

Soy drag queen porque no me gusta andar uniformada y uso tacones de 15 cm porque es más glamuroso que usar tenis o botas puntacero. Soy lo que soy porque considero más revolucionario ser un artista transgenero en un continente tan machista como Suramérica, que ser fanática de una música que dejó de ser símbolo de rebeldía hace 20 o 30 años. Como Charly García dijo una vez: Los jóvenes sienten nostalgia de algo que no vivieron.

Se supone que uno de los paradigmas de la juventud de los tiempos modernos… o postmodernos, es ser una persona de tu tiempo que se rebela contra lo establecido para luego destruirlo y construir algo nuevo desde cero. Así nació el rock de los 60 lo mismo que el punk de los 70; rechazaron la música y la cultura existentes y construyeron algo nunca antes visto u oído. Pero desde que entramos en el siglo XXI la cultura rock y pop no parece haber creado nada nuevo hasta el momento, más bien se ha volcado sobre sí misma para mirar al pasado y darle la espalda al futuro.

Ahora bien, quienes se supone deberían destruir los altares del rock y matar a sus ídolos para crear algo nuevo a partir de esas cenizas, han preferido creer que reencauchar culturas del pasado es ser rebelde y cool. En pleno 2013 ser rockero parece haberse convertido en una especie de saqueador de tumbas buscando alguna prenda que vender al mejor postor. Un muerto viviente que se ha levantado de su tumba para destruir la nueva vida que algunos soñadores desean insuflarle a la música.

Menuda paradoja la que vivimos en estos tiempos, cuando ser retro y verte vintage es ser revolucionario, pero si propones algo nuevo y popular entonces te consideran un hereje que ha traicionado el espíritu contracultural. O como algunos resucitadores de muertos mejor conocidos como Hipsters prefieren decir: indie,… o mejor dicho underground.

¿Para que ir a ver artistas y agrupaciones cuyo punto más alto fue hace 20 o 40 años? Música reencauchada por obra y gracia de una buena chequera.

Pues queridos, les tengo una noticia. ¿No se han dado cuenta que mientras más miramos al pasado más nos resistimos al cambio, y lo que es peor, más conservadores nos volvemos?

Conservadores de una cultura punk del 77 que no ha superado a Johnny Rotten, conservadores de una cultura heavy metal anclada en los 80, conservadores de un estilo de vida hippie que no ha superado Woodstock, conservadores del estilo rockabilly de los 50 que se juran Elvis Presly o Marlon Brando, conservadores de un hip hop neoyorkino que se mira el ombligo pensando que después de Bambaata ya no hay nada bueno, conservadores de una cultura reggae que no ha cambiado mucho desde los tiempos de Bob Marley. No hay nadie más anclado en el pasado y resistente al cambio que una tribu urbana. Guetos que se convierten en una prisión psicológica que te impide tener consciencia del mundo como realmente es y no como las subculturas creen que debe ser. Retro-idealistas revolucionarios del pasado que no son capaces de aceptar que el mundo no es como lo soñaron en sus retro-fantasías.

Ya sea punk, gótico, metal, glam, hardcore, reggae, hip hop e incluso rockabilly, las mal llamadas “tribus urbanas” se han convertido en altares para la nostalgia y el canibalismo musical de la cultura pop rock. Una serpiente que se muerde la cola cuando su presencia ya no intimida a nadie. Ya hemos visto hombres de pelo largo en todas sus facetas, colores, estilos y sonidos… y para ser sincera no son tan atractivos como esperaría. Lucen y suenan a viejo por más que tengan 25 años.

Acaso ¿qué puede haber de revolucionario y vanguardista en el hecho de vestirse como un gótico londinense de los 80 en pleno siglo XXI? ¿Qué puede haber de vanguardista en tocar a la perfección los mismos 3 o 4 instrumentos que se han estado tocando en la cultura pop rock desde hace 50 años? ¿Acaso no existen más instrumentos para experimentar? Sonidos explorados hasta el hartazgo por jóvenes contemporáneos que en vez rebelarse contra la música del pasado, han terminado creando una cultura del homenaje retro y la reinterpretación de géneros de antaño. Jóvenes anacrónicos repletos de influencias musicales que no aportan nada verdaderamente nuevo al tiempo que están viviendo.

Si no hay nada nuevo para escuchar en este siglo XXI que no provenga del XX, tal parece que la única novedad disponible es el internet. El reino de la descarga donde toda una época de innovaciones culturales se reduce a unas cuantas gigas. El nuevo ídolo de los jóvenes que con su revolución tecnológica me hace recordar a una locutora que en Radionica dijo una vez: “ya no hay disculpa para sonar a viejo”. Vea pues, como si hacer música ochentera de sintetizador desde un IPod fuera lo último. Vaya avance, hacer música del siglo pasado con la tecnología del actual.

LA MASCOTA ROSA

Por Billy Murcia (Artista drag) Twitter

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Billy Murcia (colaboradora de este blogg)

“Los homosexuales tienen mucha pasta para gastar”, eso fue lo que pareció convencer a la mafia italiana de New York por allá en la década del 60 para hacerse cargo de los escasos lugares de reunión homosexual que existían en la capital del mundo, varios años antes de los disturbios de Stonewall, una época en la cual el simple hecho de que existieran estos locales ya era considerado ilegal. El negocio era redondo, hombres y mujeres solos sin una familia por la cual responder y con muchas ganas de divertirse y desenfrenarse. Unos de los target group más apetecidos por el capitalismo actual, dispuesto a hacer realidad los sueños de millones de gays y lesbianas alrededor del mundo.

Consumidores en potencia dispuestos a gastarse esta vida y la otra con tal de acceder a los cientos de paraísos gays que se promocionan en discotecas, bares, volantes e internet; soñándose en alguna playa de San Francisco en California, llevando una vida cosmopolita en el Greenwich Village en New York, o con una romántica velada en pareja en el Soho de Londres, gozando del sexo en algún sauna del barrio de Chueca en Madrid, o pasando las vacaciones en un crucero gay por el Mediterráneo, para terminar en una desenfrenada rumba en Ibiza. Pero mientras llega el momento de sentirse un gay del primer mundo, hay que conformarse con la rumba de un presumido bar gay en Melgar o la piscina de un hotel en Girardot.

Y es que entender la existencia de un estilo de vida gay como el que tenemos ahora, no hubiera sido posible en otro punto de la historia humana sino hubiera existido ese odiado y amado sistema capitalista en el que nos movemos ahora. ¿O es que acaso alguien se imagina que un hombre homosexual promedio de 30 años hubiera podido darse el lujo de vivir solo con su pareja en pleno siglo XVIII en Bogota, en una sociedad donde la economía reposaba en la granjas y haciendas familiares? Una sociedad donde no existían el consumismo y la vida nocturna que dan por sentado esas masas de gays que noche a noche invaden Chapinero o la avenida Primero de Mayo.

Tal vez el oportunismo capitalista y empresarial pensara que si los homosexuales no generaban superpoblación, mayores serían las ganancias y las posibilidades de hacer mover las chequeras gays. De hecho, ya en 1976 el periodista Tom Burke mencionaba algo similar en un artículo publicado en la revista Rolling Stone: “Por aquel entonces, a los oportunistas de la costa este como de la costa oeste se les había ocurrido que ya que los bares gays eran ahora más o menos legales, les gustaría insertar anuncios en la revistas gays, en las que se alababan las bebidas, la comida y el ambiente de los distintos locales”. Tal parece que si alguna vez existió interés en apoyar la causa por la liberación homosexual, este residía más en el poder adquisitivo que en la consciencia.

Interés que en pleno siglo XXI se ha traducido en todo un mercado homosexual donde la lucha del activismo por la igualdad de derechos y contra la discriminación se ha convertido en un bonito slogan publicitario. Marcas de vinos gay, cerveza gay, agencias de viajes gay, hoteles gay, moda gay, agencias de citas gay, industria musical gay, barrios gay, reinados gay, tango gay, comic gay, literatura gay, fanzines gay, prensa gay, radio gay, canales de televisión gay, sex shop gay, porno gay, carnavales gay… en fin. Una causa política convertida en marca.

Ya lo decía en 2013 la veterana drag queen y artivista española Miss Shangay Lily criticando la mercantilización de las marchas del orgullo gay en Madrid, cuando hablaba de la explotación descarada que hacen los empresarios españoles que apoyan la causa de la marcha del orgullo: “Y es que el gaypitalismo… ha secuestrado el Orgullo Gay como herramienta política y lo ha convertido en un lucrativo negocio privado a manos de unos pocos oligayrcas…” todo ello en un contexto donde la marcha no depende de organizaciones de activistas en conjunto con el sector público (como sucede aquí en Bogotá), sino de un grupo de empresarios gaycapitalistas que han desplazado las causas políticas por intereses mercantilistas.

Pero algo que resulta increíble es como las más grandes verdades pueden salir de la boca de la persona menos pensada,  como la que salió en septiembre de 2012 cuando el hoy ex presidente de Iran Mahmud Ahmadineyad dijo lo siguiente: “Este tipo de apoyo a la homosexualidad está sólo en las mentes de los capitalistas de línea dura y de aquellos que sólo apoyan el crecimiento del capital, más que los valores humanos”.

Corremos el riesgo que de que la muy política e incluyente sigla LGBTI, termine convertida en un segmento más del mercado. De hecho ya existe una tienda de ropa especializada para travestis en el centro Bogotá, y cuando se habla de moda, hay que hacer una diferencia entre el estilo transformista, drag queen y travesti. Ya no es lo mismo hablar de rumba gay en Chapinero y rumba gay en la avenida Primero de Mayo. Diversificación del mercado que llaman, y que solo genera exclusión al interior de la ¿comunidad? Como diría la artista trans Gaby Ángel Callejas era mejor cuando a todas nos decían maricas.

Dicho de otra forma, en este mundo unipolar cualquier cosa es susceptible de convertirse en un negocio más del mercado, donde las causas políticas y los derechos humanos se convierten en productos y servicios que se venden al mejor postor y los activistas se vuelven instrumentos de la industria, el estado, los medios masivos y la publicidad. Un mundo donde ya no importa si eres marica o lesbiana,  porque aquello que realmente interesa es cuánto dinero eres capaz de generar o cuanto puedes vender. Señoras y señores, con ustedes la nueva mascota del poder.