NIEVES GRISES

(Este texto lo escribí en el año 2004 como un trabajo para la clase de periodismo literario, cuando estudiaba en la universidad. 12 años después quiero compartirlo como un recuerdo de mis paseos por el centro de Bogotá y mis comienzos en la crónica.)

Por Capitalismo Budista

Alrededor de las diez de la mañana, uno a uno como cumpliendo con una tarea habitual y avanzando pesadamente, los comerciantes que pueblan la plaza de Las Nieves sacan uno tras otro sus escobas llevados por el hechizo de un cielo que se oscurece a medida que avanza la mañana; sin mediar palabra barren todo el lugar como pagando viejas deudas de esas que en tiempos de la colonia se le cumplían a nuestra señora de Las Nieves (considerada milagrosa en aquellos tiempos) por los favores recibidos; pero actualmente a la virgen ya no se le pagan deudas y mucho menos se le rezan rosarios, por que en un país donde la realidad supera la ficción el único milagro en el que es posible creer es en la vida; hoy la deidad ya no tiene devotos por que se encuentran mas ocupados pagando sus deudas con lo terrenal.

Pero la plaza esta pagando su propia deuda desde hace noventa años. Desde que se reemplazo por la estatua del sabio Caldas por allá en 1910, con motivo del centenario de la independencia, las escobas de los vendedores que habitan este lugar pasaron a ocuparse del aseo de la plaza. Las Nieves más que perder una pila, se quedo sin un símbolo que acompaño al barrio durante casi dos siglos y medio. Fuente que un principio fue erigida por orden del cura párroco en 1665, según él para abastecer a las panaderías del sector, de las cuales La Florida es el único recuerdo de ese pasado de pan francés y chocolate que alguna vez reinara en todo el barrio. Es como si hubiera sido castigada con la desaparición de todas sus panaderías y cafés que en otro tiempo al calor de una bebida alegraban las tardes bogotanas.

Pero la soledad que en otros tiempos acompañó a la pila ha sido reemplazada por la compañía que un viejo indigente le hace al sabio Caldas, tal vez platicando en sueños sobre astronomía, cuando este arma su improvisada cama a los pies de la estatua. Pero no es el único que le hace compañía al gran Científico, unos hombres de overol verde oliva  y casco amarillo conversan animadamente mientras la profunda mirada de Caldas los observa con atención, tal vez pensando en alguna disertación callejera. La que en otros tiempos se llamó Plaza de Caldas, ya no conserva ni rastros de su nombre original; en la “plaza de las yerbas”, como se le llamó en tiempos de Gonzalo Jiménez de Quezada, las únicas “yerbas” que se consiguen son las que venden los expendedores de droga que circulan por la séptima.

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Sin embargo el nombre de Caldas no es el único que se ha quedado en la plaza; en el extremo opuesto a la iglesia, sobre la calle octava y en un edificio junto a un parqueadero, hay un muro gris encima de un segundo piso de fachada azul donde aún puede leerse un nombre: “José Di Ruggero”, nombre que ya es parte del decorado del lugar. No contaron con igual suerte las viejas casas vecinas que gracias al abandono terminaron por darle paso al parqueadero que conserva rastros de las cicatrices que dejaron en las paredes de los edificios aledaños, las viejas casonas de otros tiempos dentro de las cuales se hacia gran parte de la vida santafereña.

Tal vez el único recuerdo de esa vieja Bogotá, además de la iglesia, lo constituye el viejo Hotel Las Nieves, en el cual tuvo lugar hace años una cinematográfica historia colombiana de un detective que investigaba el asesinato de una joven, este “Soplo de vida” recuerda los tiempos en que solo bastaba caminar unas cuadras hasta el “Teatro Olimpia” para disfrutar unos momentos de historias en blanco y negro que desataban sentimientos multicolores en una ciudad que no conocía los prismas de la vida.

Pero hoy pueden verse una multitud de colores a lo largo de la plaza y toda la carrera séptima que contrastan con el gris de los edificios y el blanco frío del clima bogotano. El gris juega con el negro en los overoles que usan la mayoría de los vendedores ambulantes que permanecen allí casi toda la semana acompañados de las cenicientas palomas que no ven con mucho agrado el hecho de estar tan cerca de un ser humano, y que sin embargo hacen de tripas corazón cuando ven una mano dispuesta a lanzarles unos granos de comida. Una de esas manos lleva un vistoso abrigo color beige que las palomas parecen esperar diariamente cuando divisan su cabello largo y canoso; la anciana mujer se acerca a un niño que ha estado jugando con dichos animales y le deposita en la mano unas migajas, le hace ademán de que las lance y el pequeño mira a su madre buscando aprobación, cuando la obtiene lanza con fuerza los granos a la manada que ya se estaba dispersando, la cual regresa al lado del pequeño en busca de alimento.

Pero estas no son las únicas reuniones que pueden verse en este lugar, dos de los tres árboles que están distribuidos por toda la plaza, acogen las sillas de los emboladores que con su amarillo desgastado brindan una leve alegría a este espacio. Las conversaciones entre cliente y embolador resucitan ese aire de tertulia que se perdió con los cafés de antaño, con la diferencia de que mientras al aroma de una taza se discutía de literatura o filosofía, aquí el olor del betún se conjuga con el periódico diario para discutir sobre asuntos que no se aprenden en los libros. Pero cualquier lugar de la plaza es bueno para conversar unos minutos con los amigos, pero parece que aquí la magia de la conversación callejera solo tocara a los hombres, por que las pocas mujeres que se ven allí, permanecen en sus locales o puestos de venta callejera observando si aquel hombre que se detiene a mirar la mercancía les va a comprar algo; otras, las que cruzan esporádicamente por el lugar lanzan una mirada sutil a toda la plaza y siguen de largo. La magia de la conversación en las mujeres no es callejera sino que busca espacios cerrados donde la intimidad femenina se sienta a gusto.

Y es que ese comadreo al que estaban acostumbradas las abuelas se murió cuando el lugar dejó de ser plaza de mercado dominical, el único espacio que rompía la cotidianidad pueblerina de la vieja Santa Fe; desde que en 1922 se demolió la vieja iglesia que alguna vez por allá en el siglo XVII fue edificada con aportes y donaciones de los entonces devotos a la virgen, la cotidianidad del “barrio del pueblo” se vio interrumpida con el progresivo ensanchamiento de la ciudad y el desorden demográfico y urbanístico que trajo la violencia y la guerra civil. Guerra provocada por un conflicto político que hoy ha dejado su huella en los grafitis con mensajes revolucionarios y políticos, pintados en las paredes y rejas de los locales comerciales de la plaza. Y es que ese desorden ha pasado a convertirse en un caos bien organizado donde el mercado persa que puebla la séptima ha pasado a ser parte de la cultura bogotana actual.

Una cultura conectada con el mundo, donde una larga fila de teléfonos públicos en el costado de la plaza al lado de la empresa de teléfonos, nos recuerda que en el siglo XXI el mundo esta al alcance de la mano. Tan a la mano que cruzando la plaza hacia el costado sur se puede entrar a un restaurante chino donde el propietario tiene  un rostro que asemeja un campesino boyacense; hasta se podrían comunicar con las estrellas si las antenas que están regadas por toda la fachada del edificio no fueran solo para televisión.

Entre los locales que hacen parte del nuevo mercado que pasa por Las Nieves está un “Saborín”, local donde un letrero vistoso que dice todo a $400 le da la solución a los rugidos estomacales de un buen número de transeúntes y habitantes de la plaza. Sobre la calle octava, un local que se ubica a la salida del parqueadero, ofrece en su barra café tipo exportación, como rememorando los cafés tertuliaderos o haciéndole copia a los locales de café colombiano que ya se extienden por New York y todo USA. Pero si se prefiere probar pasabocas más santos, puede dirigirse a la iglesia y visitar su “cafetería particular” donde el rey no es el vino de consagrar ni las obleas, sino que un generoso chorizo le recuerda al comensal aquello de comed de mi carne.

Esta plaza reúne una gama de comerciantes que como en el éxodo se trasladan de un sitio a otro apropiándose de cada espacio como si fuera su lugar de nacimiento, en una plaza donde la vida y el cambio se conjugan. Desde un vendedor de chontaduros, uno de dulces hasta llegar a los vendedores de revistas o lotería, entre otros roles, conforman junto a mendigos y ladrones una población flotante que le ha dado un ambiente más dinámico a la plaza de Las Nieves donde la vida se hace en la calle y no en las casas.

Casas de las que solo quedan unas pocas ruinas con sus contornos trazados en las paredes de los parqueaderos, en una localidad donde la costumbre de caminar no se ha perdido a pesar de la infinidad de automóviles que circulan por el centro, en la que en medio del ruido y la multiplicidad de voces, aún pueden oírse las lánguidas campanadas de la iglesia de Las Nieves que a las once y media de la mañana como rompiendo el hechizo que las escobas conjuraron a las diez, trae la basura de una ciudad gris con sentimientos multicolores que todos los días los vendedores  de overol intentan en vano limpiar de un pasado que se quiere olvidar.

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