ROMPECABEZAS

Un diario poético

Por Capitalismo Budista

Entre el río y la selva

Ha pasado tanto desde que viaje en avión que ya no tengo recuerdo de la sensación del despegue.

En mis primeros tiempos vivía a la orilla de un río que parecía un mar interior, entre el calor y la humedad de una ciudad sin identidad, hecha con pedazos de un país que no sabe quién es, vivía yo en medio de una frontera imaginaria, y lo digo de esa forma porque con el tiempo te das cuenta que en la selva los límites son un chiste de colonos en un papel. Vivir en un lugar así tiende a dejarte algo de melancolía, aun mas cuando en tu primer viaje fuera de allí, entiendes que en la ciudad de donde vienen los colonos, el sitio donde vives no es más que “el culo del mundo”… y para aquellos que andan metidos en su viaje, tu lugar de nacimiento es algo tan exótico como tomar Yagé, aunque en el fondo sabes que ellos jamás han salido de la selva de concreto por más que digan que se conectan con la Pacha mama.

La angustia de vivir en un lugar sin tiempo donde la prisa se desvanece, cuando sabes que la única forma de salir de allí es por el aeropuerto; y que aquí, de nada sirve montarse a una motocicleta y hacerse a la carretera, porque en este lugar tu única autopista es un caudaloso río en el que la magia de los colores marinos se reduce al color del barro tiñendo el agua.

Sabiéndome en el extremo de la nada, la tv y la música eran la ventana que me permitía ver el mundo más allá del río. Salida que me decía que las cosas allá fuera eran muy diferentes a la tediosa cotidianidad que se respiraba en mitad del Amazonas. Igual que en la caverna griega, pero con selva y río.

La televisión era mi ventana. Allí podía ver un mundo donde el dolor no existía, donde los sueños se hacen realidad, un paraíso de sonrisas. Niño embelesado frente a la pantalla chica con una música que suena a futuro, un sonido casi plástico a medio camino entre teclado y rayo láser; cantantes andróginos desgañitándose con canciones de amor, agitando sus coloridos peinados en un escenario de luces de colores que iluminan sus rostros femeninamente maquillados. Inocencia ochentera adolescente que dejaría un rastro de carmín que yo mismo me encargaría de ampliar in extenso 20 años después.

Pero igual que un pantalón remendado, esas perlas de alegría necesitaban contrastar con cicatrices que perduraran, recuerdos amargos que terminarían por definir al ser humano que esto escribe. Los tatuajes vendrían después, pero eso es otra historia.

Barriendo la cárcel

Las maletas siempre listas de un viajero dispuesto…

Llegue con 6 años a esta ciudad desparramada sobre lechos de viejos lagos y humedales en un altiplano del que siempre me ha enamorado esa lluvia constante y fría que espanta a los calentanos. Mis manos encallecidas me recuerdan que he pasado la mitad de mi vida sosteniendo una escoba que recorre diariamente los dos pisos de una casa de fachada amarilla que siempre me ha parecido triste y aburrida. Días y semanas enteros dedicados a organizar algo que pareciera no tener remedio, como buscando limpiar una vida marcada por un dolor que se convirtió en un veneno que me carcome desde que tengo memoria.

En esta meseta añore el sonido del sintetizador y la alegría maquillada que solía ver en la tv brasileña de aquella frontera selvática. Me hacía falta la inmensidad de aquel río que nos traía de vez en cuando esos pescados de dura piel que se retorcían agónicamente en el lavaplatos de la cocina.

Terquedad que aflorara en mi adolescencia aferrándome a un sueño que pasó de ser fantasía erótica a convertirse en carrera artística. Y aunque al principio solo fue un placebo para la mente, constituyo mi puerta de salida a un mundo más amplio y real que aquella casa perfectamente ordenada de la que aun hoy busco huir cada vez que cruzo la puerta.

Desde la infancia he dormido en un pasillo con aspecto de cuarto que me robo la privacidad. Un espacio sin habitar que me forzó a buscarme un hogar entre libros, CD’s, casetes, colecciones de revistas, recortes de periódico, papeles llenos de notas y mi propia memoria, pedazos de historia de un mundo interior donde afloraban mis sueños.

Indefenso

La indiferencia duele más que cien latigazos, crea agujeros negros como barriles sin fondo.

En aquellos días, cuando los golpes de mi madre pesaban aún más con cada insulto que recibía, la indiferencia de mi padre cavaba una zanja que con el tiempo fue ensanchándose hasta crear un gigantesco vacío que lo convirtió en un extraño con quién guardaba un parentesco que poco me importaría en el futuro. Aun siendo muy niño, entre sollozos buscaba su protección huyendo de la aterradora ira de mi madre, pero ese huidizo hombre me daba la espalda dejándome solo ante la ciega furia materna que me torturaba entre sollozos infantiles. “Prefiero evitar problemas”, eran las palabras entre las que  se escondía la cobardía de un hombre que nunca fue capaz de enfrentarse a una mujer por la que se encaprichó en la veintena para irse al “culo del mundo” por un trabajo que solo era una mentira adolescente para poder casarse. Un hombre que gustaba de ganar indulgencias con ave marías ajenas para luego brindar falsamente en una reunión familiar por éxitos de otros en los que jamás creyó. Uno que prefiere hablar detrás de las paredes, meneando la cabeza y lamentándose de no poder sacar pecho ante la concurrencia masculina de una tienda de barrio, donde la cerveza ahoga las penas. Ese hombre que pretendió ganarse el amor de un hijo al que no entendió, para luego juzgarlo por elegir un camino distinto al suyo… ese es mi padre.

Uno más de una tradición de padres ausentes. Hijo adoptivo de un hombre que lo único que le heredo fue el apellido, hijastro de un hombre que huyo apenas nació negándoselo todo, hijo y nieto de mujeres abandonadas que tuvieron que convertirse en padres cuando ellas mismas no tenían idea de cómo serlo.

Triunfos robados

A veces me habla de sus sueños frustrados. De cuando entrenaba como arquero en la escuela de fútbol de Millonarios, de cuando fue ciclista aficionado y conoció a los grandes de la Vuelta a Colombia, o de cuando quiso ser cantante y compuso el himno al departamento del Amazonas. Otras veces me habla de viejos conocidos que él llama amigos, esos que sí lograron lo que el no pudo. Como un famoso locutor y humorista de radio que conoció en Leticia. Solía escuchar su programa de humor político todas las tardes y entonces me decía con orgullo: Él es amigo mío.

Pero también podía haber veneno en sus palabras. No me gustaba ver televisión con él. Me incomodaba cuando salían adolescentes en la pantalla porque entonces me decía: ¡vea, ese chino tiene su misma edad y ya sale en tv! Llegue a odiarlo por eso.

Con el tiempo me di cuenta que me había convertido en un trofeo. Una más de sus medallas ganadas en esas maratones de verano en las que miles de asistentes reciben una igual por el simple hecho de participar. Un premio de consolación que nos salve del olvido.

Perdidas

Labios que se quedaron esperando un beso que nunca llego

Huellas de perro hundidas en el cemento de la acera como fósiles que serán descubiertos en un futuro muy lejano. Calle de barrio que recorro a diario donde un pedazo de acera me recuerda la sangre de aquella colegiala caída entre el fuego cruzado de una olvidada persecución policíaca. Entonces imagino las lágrimas derramadas de su compañera de curso, de rodillas frente a la fría lapida. Una perdida que hiere.

Igual que un amor no correspondido. Como aquella vez en Rock al parque cuando fui con Andrea. Esa chica de gafas que conocí en la iglesia cuando me creía un hippie adolescente católico orando junto a otros jóvenes fanáticos del rock en español. Recuerdo que me miraba fijamente esperando de mi algo que yo no podía, o no quería sentir por ella, pero que muy en el fondo yo anhelaba.

Recién caía la noche en el parque cuando una canción de Robbie Draco Rosa nos puso en tensión sin siquiera mirarnos, mencionó algo sobre la canción y el amor que ya olvide, y reconocí al instante lo que deseaba de mí. Pero mi cabeza estaba en otro lado, volando entre sueños. Mi cruel indiferencia me volvió sordo a sus evidentes reclamos, y como si fuera un suicida hundí mis esperanzas en la ceguera. La foto de su matrimonio 12 años después de aquello me traería a la realidad de algo que entonces no vi, o que tal vez no quise ver por anhelar una perfección inmediata que me ha sido esquiva desde entonces.

CAMINOS

Miro al cielo y solo pienso en volar en busca de aventuras, en otros mundos, otras lenguas, otras gentes.  Otro futuro.

Miro por la ventana mientras recorro una carretera entre montañas. Intento que las continuas curvas no me provoquen un mareo. Cierro los ojos. La esporádica música que suena en los parlantes del bus intenta por momentos sacarme de mi mismo,  entonces la realidad se transforma en un rollo fotográfico sin fin que pasa rápidamente ante mis ojos, sin darme tiempo de mirar atrás, trayéndome recuerdos de viejas carreteras recorridas en mi infancia.

Cruces blancas con una fecha y un nombre a lado y lado de la vía, adornadas con flores casi marchitas como recuerdos de un dolor que aún se pregunta ¿Por qué? Ruinosas casas con mugrientas fachadas que parecen un viejo automóvil oxidado, de paredes descascaradas, con trozos de murales descoloridos de olvidadas campañas políticas, con sus amarillentos carteles de marcas de gaseosa, cerveza y cigarrillo donde los únicos clientes son el polvo y el viento que viene de la carretera. Desde afuera solo se ve un cuarto oscuro por el que se filtran diminutos destellos de luz, guardando dentro de sí la historia de un éxodo familiar.

Más adelante solo encuentro kilómetros de cercas y vacas pastando; monotonía interrumpida por solitarias vallas publicitarias vagamente acompañadas por esporádicos caninos que deambulan sin rumbo fijo.

Si levanto la vista más allá del camino, a lo lejos veo un paraje montañoso adornado de casitas blancas clavadas en la inmensidad de la cordillera, que al caer la noche se transforman en diminutas luces, como si fueran parte de un pesebre. A veces veo hileras interminables de torres y cables que se pierden en la montaña, otras, me encuentro con viejos caminos por donde ya no transita nadie y acto seguido, un altísimo muro de rocas me hace pensar en castillos medievales.

Ya nada me sorprende. Puede ser una carretera rumbo a los llanos orientales, o esas carreteras que se adentran en medio de las montañas, llevándome más allá de esta meseta hacia pueblos solitarios donde el tiempo transcurre más lento, la cuestión es que todas me parecen iguales. Con sus cruces, sus ruinas, sus vallas e interminables potreros, o sus pequeños puentes sobre rocosos ríos, como si fueran los mundos de un juego de video pixelado de los 80.

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