LA MASCOTA ROSA

Por Billy Murcia (Artista drag) Twitter

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Billy Murcia (colaboradora de este blogg)

“Los homosexuales tienen mucha pasta para gastar”, eso fue lo que pareció convencer a la mafia italiana de New York por allá en la década del 60 para hacerse cargo de los escasos lugares de reunión homosexual que existían en la capital del mundo, varios años antes de los disturbios de Stonewall, una época en la cual el simple hecho de que existieran estos locales ya era considerado ilegal. El negocio era redondo, hombres y mujeres solos sin una familia por la cual responder y con muchas ganas de divertirse y desenfrenarse. Unos de los target group más apetecidos por el capitalismo actual, dispuesto a hacer realidad los sueños de millones de gays y lesbianas alrededor del mundo.

Consumidores en potencia dispuestos a gastarse esta vida y la otra con tal de acceder a los cientos de paraísos gays que se promocionan en discotecas, bares, volantes e internet; soñándose en alguna playa de San Francisco en California, llevando una vida cosmopolita en el Greenwich Village en New York, o con una romántica velada en pareja en el Soho de Londres, gozando del sexo en algún sauna del barrio de Chueca en Madrid, o pasando las vacaciones en un crucero gay por el Mediterráneo, para terminar en una desenfrenada rumba en Ibiza. Pero mientras llega el momento de sentirse un gay del primer mundo, hay que conformarse con la rumba de un presumido bar gay en Melgar o la piscina de un hotel en Girardot.

Y es que entender la existencia de un estilo de vida gay como el que tenemos ahora, no hubiera sido posible en otro punto de la historia humana sino hubiera existido ese odiado y amado sistema capitalista en el que nos movemos ahora. ¿O es que acaso alguien se imagina que un hombre homosexual promedio de 30 años hubiera podido darse el lujo de vivir solo con su pareja en pleno siglo XVIII en Bogota, en una sociedad donde la economía reposaba en la granjas y haciendas familiares? Una sociedad donde no existían el consumismo y la vida nocturna que dan por sentado esas masas de gays que noche a noche invaden Chapinero o la avenida Primero de Mayo.

Tal vez el oportunismo capitalista y empresarial pensara que si los homosexuales no generaban superpoblación, mayores serían las ganancias y las posibilidades de hacer mover las chequeras gays. De hecho, ya en 1976 el periodista Tom Burke mencionaba algo similar en un artículo publicado en la revista Rolling Stone: “Por aquel entonces, a los oportunistas de la costa este como de la costa oeste se les había ocurrido que ya que los bares gays eran ahora más o menos legales, les gustaría insertar anuncios en la revistas gays, en las que se alababan las bebidas, la comida y el ambiente de los distintos locales”. Tal parece que si alguna vez existió interés en apoyar la causa por la liberación homosexual, este residía más en el poder adquisitivo que en la consciencia.

Interés que en pleno siglo XXI se ha traducido en todo un mercado homosexual donde la lucha del activismo por la igualdad de derechos y contra la discriminación se ha convertido en un bonito slogan publicitario. Marcas de vinos gay, cerveza gay, agencias de viajes gay, hoteles gay, moda gay, agencias de citas gay, industria musical gay, barrios gay, reinados gay, tango gay, comic gay, literatura gay, fanzines gay, prensa gay, radio gay, canales de televisión gay, sex shop gay, porno gay, carnavales gay… en fin. Una causa política convertida en marca.

Ya lo decía en 2013 la veterana drag queen y artivista española Miss Shangay Lily criticando la mercantilización de las marchas del orgullo gay en Madrid, cuando hablaba de la explotación descarada que hacen los empresarios españoles que apoyan la causa de la marcha del orgullo: “Y es que el gaypitalismo… ha secuestrado el Orgullo Gay como herramienta política y lo ha convertido en un lucrativo negocio privado a manos de unos pocos oligayrcas…” todo ello en un contexto donde la marcha no depende de organizaciones de activistas en conjunto con el sector público (como sucede aquí en Bogotá), sino de un grupo de empresarios gaycapitalistas que han desplazado las causas políticas por intereses mercantilistas.

Pero algo que resulta increíble es como las más grandes verdades pueden salir de la boca de la persona menos pensada,  como la que salió en septiembre de 2012 cuando el hoy ex presidente de Iran Mahmud Ahmadineyad dijo lo siguiente: “Este tipo de apoyo a la homosexualidad está sólo en las mentes de los capitalistas de línea dura y de aquellos que sólo apoyan el crecimiento del capital, más que los valores humanos”.

Corremos el riesgo que de que la muy política e incluyente sigla LGBTI, termine convertida en un segmento más del mercado. De hecho ya existe una tienda de ropa especializada para travestis en el centro Bogotá, y cuando se habla de moda, hay que hacer una diferencia entre el estilo transformista, drag queen y travesti. Ya no es lo mismo hablar de rumba gay en Chapinero y rumba gay en la avenida Primero de Mayo. Diversificación del mercado que llaman, y que solo genera exclusión al interior de la ¿comunidad? Como diría la artista trans Gaby Ángel Callejas era mejor cuando a todas nos decían maricas.

Dicho de otra forma, en este mundo unipolar cualquier cosa es susceptible de convertirse en un negocio más del mercado, donde las causas políticas y los derechos humanos se convierten en productos y servicios que se venden al mejor postor y los activistas se vuelven instrumentos de la industria, el estado, los medios masivos y la publicidad. Un mundo donde ya no importa si eres marica o lesbiana,  porque aquello que realmente interesa es cuánto dinero eres capaz de generar o cuanto puedes vender. Señoras y señores, con ustedes la nueva mascota del poder.

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